sábado, 24 de enero de 2015

«Garnacha», una novela inspirada en las viñas de La Mancha

El autor de raíces manchegas trabaja para el FMI
[FUENTE: Albacete Cuenta]
Temas — 24 de enero, 2015

Ismael Ahamdanech Zarco -hijo de un marroquí y una manchega- ha escrito una novela ambientada en una jornada de vendimia y en la vida en un pequeño pueblo de La Mancha en la posguerra. El dueño de las viñas, Pedro, en el ocaso de sus días es memoria viva de la historia del lugar en el que ha vivido siempre, de las pasiones, de los rencores que se han ido guardando, pudriendo, hasta convertirse en pequeñas tragedias que hacen explotar la paz aparente en la que dormita el pueblo.

«Apenas pudo pegar ojo en toda la noche. La de antes de echar siempre le pasaba lo mismo: por hache o por be, le costaba conciliar el sueño. Al final conseguía dar al menos una cabezada: tres o cuatro horas seguidas durmiendo después de repasar mentalmente todo lo que había que hacer para que la vendimia se diera lo mejor posible. Pero esa noche no. Esa noche, entre cada tarea que imaginaba por adelantado, entre cada cálculo de quilos y lluvias y jornales, se colaba la imagen de Dorita con el cuchillo ensangrentado en las manos. Una y otra vez recordaba aquella aparición, casi fantasmal, en la plaza del ayuntamiento. Volvía de la cerca, a eso de las ocho de la mañana, cuando la vio. Estaba dando vueltas alrededor de un banco de piedra, frente al Pósito Real, con las manos hacia el cielo, gritando imprecaciones que no fue capaz de comprender. 

El miedo le duró un instante. 

Venció con facilidad el primer impulso, darse la vuelta y salir de allí lo más rápido posible. Adoración, hija, ¿qué pasa? Le habló a unos quince metros. Ella no contestó, pero se detuvo. Tranquila, no te voy a hacer nada. Anda, dame el cuchillo y hablamos. Se volvió a mirarlo. Estaba completamente fuera de sí. El pelo gris le caía por las sienes, apelmazado por el sudor y la suciedad. Tenía los ojos desencajados y el rostro contraído en una mueca crispada que la afeaba de un modo espantoso. Se mordía el labio con fuerza: Pedro creyó distinguir que le brotaba un hilo de sangre. Imposible saberlo: toda ella estaba bañada en sangre, la cara, la bata, los brazos, descubiertos y rígidos como una estaca.»

Así empieza Garnacha, la  novela en la que se cruzan constantemente dos historias, la de los recuerdos de Pedro y la del mismo día de la vendimia, dos hilos argumentales que se acercan y separan constantemente hasta converger en un final impactante.  Los amores y los odios que se van acumulando en los corazones de los protagonistas, habitaciones cerradas en la cárcel que puede llegar a ser la vida diaria en un pequeño pueblo de La Mancha.
  
El autor
Con raíces muy profundas en el mayor viñedo del mundo
Ismael Ahamdanech Zarco nació en Ibiza pero se crió desde que tenía apenas unos meses en Alcalá de Henares. Allí creció, estudió y se doctoró en Económicas y allí enseñó Estadística y Econometría antes de ganar las oposiciones al Cuerpo Superior de Estadísticos del Estado y comenzar a trabajar en el Instituto Nacional de Estadística (INE) en Madrid.
Poco después se trasladó con su mujer a Luxemburgo, donde reside desde hace siete años y donde ha nacido su hijo Miguel. Garnacha es su primera novela, una incursión en el género costumbrista con ligeros tintes autobiográficos, recuerdos de una infancia y adolescencia pasada a caballo entre su ciudad casi-natal y un pueblo vitivinícola manchego en los límites de las provincias de Cuenca, Albacete y Ciudad Real.

Ismael Ahamdanech Zarco, un reputadísimo economista que vendimió, como tantos universitarios en los 90

Aunque el autor nació en Alcalá de Henares, su madre es natural de un pueblo entre Las Pedroñeras, San Clemente y Villarrobledo. La novela está ambientada precisamente allí, en su pueblo. Asegura que es lo que le ha inspirado, «los muchos años de vendimia». Recuerda desde que era un bebé pasaba veranos enteros, Semana Santas, Navidades… y siempre sus recuerdos ligados a la viña.

«Mi madre siempre dice que me salieron los dientes en la viña; mientras mis hermanos se quedaban en casa jugando, yo iba a la viña con mi abuelo. No cogíamos uva ni él ni yo (él ya era muy mayor y yo tenía cuatro o cinco años cuando empecé a ir) pero nos encantaba estar allí». «Después, mientras estudiaba, desde los doce hasta los treinta años fui a vendimiar siempre».

«Luego las cosas se complican: trabajo, viajes… En realidad hasta los treinta años pude ir porque por entonces era profesor de la Universidad de Alcalá y no teníamos clase hasta últimos de septiembre. Después saqué las oposiciones del INE y enseguida me fui a Luxemburgo a trabajar en Eurostat (Comisión Europea). Allí sigo viviendo, aunque ahora trabajo para el Fondo Monetario Internacional (FMI)».

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